Abuelos y nietos: una relación especial

Las relaciones entre los abuelos y los nietos son relaciones de complicidad y llenas de encanto. Para muchas familias, los abuelos son un puntal a la hora de cuidar de los más pequeños.

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A veces, el proceso de envejecimiento y la jubilación permiten a las personas mayores llevar una vida cotidiana sin horarios de trabajo y más tranquila, lo que facilita que puedan ayudar a los nietos, sobre todo si no existen problemas de salud. Otras veces, sin embargo, el proceso de envejecimiento conlleva el deterioro de determinadas capacidades, que imposibilitarán ofrecer este apoyo a los nietos. Ello conllevará que se deban entender cosas que quizás no resulten fáciles.

Aunque algunos procesos de envejecimiento tengan características especiales, las relaciones entre los abuelos y los nietos deben poder seguir con normalidad. Así, en el marco de esta relación, los niños participan en el proceso de envejecimiento, y el aprendizaje es importante para ellos.

Por una parte, podemos ver que estas relaciones entre abuelos y nietos conforman situaciones cotidianas similares a las que los niños tienen con sus padres, pero con una ternura y un amor diferentes a los que tienen con sus padres. Los abuelos van a buscar a los niños a la escuela, pasan la tarde con los pequeños de la casa o cuidan de los nietos mientras que los padres asistimos a una reunión en la escuela, por ejemplo. ¿A quién no le han preparado los abuelos su comida favorita, no le han contado el cuento que más le gustaba o no los ha visto con los bolsillos llenos de caramelos?

Loa abuelos a menudo ayudan a los padres en la vida diaria y en las tareas domésticas, puesto que los padres tienen en ocasiones largas jornadas de trabajo y no pueden llegar a todo. Así, los abuelos apoyan y acompañan en estas tareas cotidianas, pero también educan, porque muchas veces están presentes en rutinas diarias como el desayuno, la merienda o la hora del baño… Si vemos esta realidad con ojos de niño, se trata de momentos con la persona mayor a un ritmo más lento, con palabras dulces y consentimientos. Y no estamos hablando de malcriarlos, como a menudo pensamos los padres, sino de estilos educativos con valores propios de otra generación o de otro momento vital o de relación.

Los niños aprenden de forma ágil y esta diversidad de estilos enriquece su aprendizaje. Los niños gozan de estos momentos más lentos en los que las cosas se hacen sin prisas. Son momentos para aprender, para pararse a pensar, y tomarse un largo tiempo para hacer las cosas.

En otras ocasiones, el proceso de envejecimiento de la persona mayor aporta a la relación entre abuelos y nietos diferentes características: ¿Cómo puede entender el niño que su abuelo le cambie el nombre a menudo? ¿Cómo acercar las propias enfermedades de las personas mayores a los niños? ¿Cómo explicarle al niño la pérdida y el duelo por la muerte de un ser querido?

En situaciones como estas, el niño puede sentir impotencia por lo que no entiende o no puede explicar con palabras. Esta impotencia será mayor si reprimimos su expresión. No es difícil que en situaciones que no entendemos fácilmente se nos haga un nudo en la garganta e intentemos quitarle importancia y no hablar de ello. Pero esta protección no siempre es buena para los niños: es importante que los niños dispongan de la información adecuada a su edad y que intentemos darles claves sobre la manera adecuada de ver la vejez con enfermedades asociadas, sin centrarnos precisamente en la enfermedad, ya que lo más importante es la persona y no lo que le pasa: de la misma forma que se normaliza la vejez, se deben poder normalizar y aceptar las enfermedades propias de las persones mayores, como por ejemplo el Alzheimer.

Tenemos que poder hablar con los niños desde la sencillez y la verdad y no engañarles. Esconderles la realidad (por ejemplo: una persona mayor con una enfermedad importante que la convierte en una persona dependiente) lleva a la fantasía, a la etiqueta del tabú o de lo prohibido, a la poca transparencia y a la represión de los sentimientos. ¿Qué sucede cuando los niños ven a la persona mayor enferma o con comportamientos “diferentes”? ¿Y si se pone a gritar o a llorar? Es importante hablarles de cómo nos sentimos nosotros como adultos y hacerlo con su lenguaje, facilitando que puedan resolver sus dudas y que expresen sus sentimientos. De este modo, les facilitaremos el aprendizaje del ciclo vital a nuestros hijos para que puedan desarrollar su sensibilidad y tratar las diferentes realidades de la vejez (con o sin enfermedades asociadas o dependencia) de forma normalizada.

Maria José Guarino
Educadora  Social y Psicopedagoga
Máster en Atención Centrada en la Persona

Categoria
3-5 años, Relaciones familiares y comunicación