Aprender jugando

El juego tiene una gran importancia en el desarrollo global del niño, puesto que todos hemos crecido y aprendido a través del juego: este nos empuja a explorar, a descubrir, a conocer, a experimentar, a ensayar y a interactuar con objetos y personas de nuestro entorno, poniendo en marcha habilidades y capacidades que ya se han aprendido, a la vez que nos permite desarrollar otras.

Por todo ello, conviene ser plenamente conscientes del valor que el juego tiene para nuestro hijo, respetándolo, pensando cómo podemos potenciarlo, dejando espacio para que el niño pueda jugar diariamente sin sobrecargarlo con demasiadas actividades programadas o extraescolares. 

¿Por qué el juego favorece el aprendizaje?

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El aprendizaje se acostumbra a producir como resultado de la suma de la práctica y el entrenamiento, factores intrínsecos del juego.

Debemos tener en cuenta que a pesar de que su principal objetivo pueda ser la diversión, en el juego también se ponen en marcha y se mejoran un conjunto diverso de habilidades (control del propio cuerpo en movimiento, orientación en el espacio, capacidad de representación, análisis de la realidad, ritmo, relación con los demás, etc.). Un ejemplo concreto de las habilidades que se desarrollan lo vemos en los juegos pulsionales, en los que predomina la actividad movida, energética y con una parte de simulación, como tirarnos juntos sobre unos colchones simulando un combate, o hacer una guerra de cojines, situación en la que el niño manifiesta y canaliza emociones de forma creativa.

En este sentido, el juego resulta fundamental en la evolución y el desarrollo de todas estas habilidades:

Motoras: los juegos de movimiento, con el cuerpo y con los objetos, favorecen el desarrollo motor del niño. Por ejemplo, cuando hacemos una carrera a la pata coja con nuestro hijo o cuando le enseñamos a patinar, le ayudamos a mejorar su equilibrio; cuando salta con la cuerda, aprende a coordinar sus movimientos y gana fuerza en su musculatura; mientras hace construcciones con bloques, mejora la precisión así como sus habilidades manuales, etc.

Cognitivas: durante el juego nuestro hijo recibe información a través de los sentidos, la procesa, la almacena y la reconoce, hasta construir el conocimiento. Por ejemplo, los juegos de lenguaje le permiten adquirir vocabulario. Cuando busca diferencias en imágenes muy parecidas, mejora su percepción visual; y cuando jugamos con él haciéndole adivinar olores, contribuimos a que aumente su capacidad olfativa.

Afectivas: el juego le permite expresar libremente sus sentimientos y las situaciones que le angustian sin sentirse juzgado, exteriorizar y canalizar sus emociones, así como superar la frustración. Por ejemplo, mediante el juego simbólico en que representa acciones ficticias haciendo “como si”, puede revivir situaciones vividas como sentarse encima de un cartón simulando aquel día en que se lo pasó tan bien deslizándose con un trineo sobre la nieve. También representa a otras personas o personajes y da rienda suelta a sus fantasías disfrazándose con nuestra ropa, cogiendo las bolsas, los zapatos de tacón, la cartera de papá, etc.

De relación: El niño necesita entender el mundo que le rodea, el mundo de los adultos y, para hacerlo, transforma este mundo a través del juego. Por ejemplo, cuando juega a papás y a mamás, está aprendiendo reglas de convivencia, aceptando roles y construyendo límites.

A través del juego, prueba situaciones de la vida real, pero a su medida, representándose a él mismo en determinadas situaciones, sin peligros y controlando la situación –como cuando hace que su muñeco que en su juego le representa a él, va al dentista– y aprende a corresponsabilizarse de tareas –juega a barrer la casa–. El juego tiene asimismo otras funciones muy importantes: mientras juega con los adultos o con otros niños, establece vínculos afectivos, aprende a relacionarse, a resolver conflictos, a desarrollar su sentido de pertenencia a un grupo, etc. Por ejemplo, los juegos tradicionales de ritmos y canciones le acercan al folclore y a las tradiciones. O cuando espera a que otro niño baje del tobogán o tiene que esperar a que el columpio del parque quede libre, y aprende a respetar el turno y a compartir los espacios y los materiales. En definitiva, un conjunto de hábitos personales y sociales que hacen que vaya adquiriendo un grado de autonomía cada vez más elevado.

Nuestro papel en el juego del niño

Los niños juegan por placer y por su necesidad innata de acción y de curiosidad. Pero también aprenden gracias a esta actividad lúdica: el juego es un excelente motor de desarrollo. Por ello es bueno planificar los espacios y los momentos en los que podrá jugar sin caer en un juego demasiado estructurado u organizado. De hecho, muchos de los aprendizajes significativos que realiza el niño se producen en le juego libre –aquel que inicia por propia iniciativa, el que se inventa él mismo, creando, imaginando, etc.– Por tanto, nuestra función es la de dar pie al juego y favorecer que nuestros hijos puedan jugar en libertad. Para ello, conviene:

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  • Facilitar un ambiente en el que puedan experimentar y ser autónomos. En este sentido, tan importante es favorecer el contacto con la naturaleza y los juegos en el exterior –hacer salidas con nuestro hijo, ir al bosque, al parque, a jugar al patio o en la terraza, etc. como quedarse en casa y jugar con sus juegos o juguetes– por ejemplo, una fiesta de pijamas en familia jugando todos juntos–.

  • Ofrecer material diverso para favorecer diversas posibilidades de experimentación. Los juguetes favorecen el juego, pero cualquier objeto que puede no tener ningún valor para nosotros, como una caja de zapatos que convertirá en un coche de bomberos, en una casita de muñecas, etc. puede resultarle maravilloso a nuestro hijo. Dejémosle que busque y explore con todo lo que le permita pasarlo bien, siempre y cuando sea seguro y apropiado para su nivel evolutivo, como el barro, el material sobrante, cordeles, clavos, botones, etc.

  • Dedicar y dar tiempo. Tan importante como encontrar un espacio diario para jugar con nuestros hijos es que les demos tiempo para jugar a su ritmo, sin interrumpirles con otras demandas mientras juegan, evitando ofrecerles soluciones a los pequeños problemas con los que se pueden encontrar: si nosotros nos adelantamos, perturbaremos el hilo conductor de su actividad y no favoreceremos ni el aprendizaje, ni su capacidad de resolución y de concluir experiencias o hipótesis. Dejémosle entretenerse observando como hace deslizar unas tuercas por su pierna, descubriendo lo que le hace cosquillas o buscando dónde se encuentra el nido de las hormigas.

  • Saber ser observadores: es importante que, de vez en cuando estemos presentes cuando los pequeños están jugando y les escuchemos y establezcamos límites. Esto les da confianza, tranquilidad y seguridad para poderse concentrar en el juego. Nosotros podemos estar, pero tenemos que dejarle jugar libremente: el niño debe ser el protagonista del juego, y es importante que le dejemos ensuciarse, subirse a los sitios, experimentar o mojarse, evitando los comentarios del tipo “Niño, lo estás llenando demasiado”, “no, esto no va aquí”, etc. La libertad del niño es la que permite garantizar la mayoría de ventajas del juego, como espacio de desarrollo.

  • Como protagonista, también tenemos que respetar el “no juego”. Es positivo que nosotros le motivemos a jugar, pero conviene prestar atención a aquellos señales que nos indican que él también tiene ganas de hacerlo. Tan positivo es su interés por estar activo como su interés por no participar, limitándose a observar. Conviene tener presente que estos momentos también forman parte de su proceso de aprendizaje.

  • Mantener una actitud de disponibilidad: tan importante resulta dejarle espacios a nuestro hijo para que juegue libremente como el hecho de jugar con él, haciéndole alguna propuesta de vez en cuando. Y es que la importancia del juego no recae únicamente en el juguete. Por ejemplo, encender la tele, darle aquel juguete tan “interactivo” que le distrae, o dejarle el móvil para que se entretenga porque nosotros estamos muy cansados o porque estamos hablando son actitudes que deberíamos limitar.

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3-5 años, Desarrollo y Aprendizaje, Ocio y TIC, Revisats