El desarrollo social y emocional a partir de los doce meses

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Para que nuestro hijo tenga un crecimiento adecuado es necesario que, desde su nacimiento, tenga cubiertas sus necesidades, tanto físicas como emocionales y sociales. Para conseguirlo debemos comunicar y hacerle sentir nuestro amor hacia él, intentando que el niño comprenda que es una persona única y diferente para nosotros. La atención que le damos durante sus primeros años de vida influirá en su autonomía, en el desarrollo de su personalidad y en su capacidad para participar e integrarse en la sociedad.

En este sentido, la familia juega un papel muy importante: somos nosotros los que le ayudamos a establecer las primeras relaciones afectivas y sociales a través del contacto, la proximidad y el afecto. Si nuestro hijo se siente querido, aprenderá a querer; si se siente consolado, aprenderá a consolar, y si sus necesidades emocionales y afectivas están cubiertas aprenderá a confiar en sí mismo y en los demás.

Conocer y atender los cambios que va experimentando nuestro hijo, a nivel emocional i social –¿Cómo se relaciona? ¿Qué siente? ¿Cómo lo expresa?– nos ayudará a comprenderlo mejor.

De los 12 a los 18 meses: “Quiero descubrirlo por mí mismo pero os necesito”

A partir del año, el niño se empieza a reconocer a sí mismo: se identifica cuando se mira en el espejo o en fotografías y, cuando hablamos de él o lo llamamos por su nombre, sabe que nos estamos refiriendo a él.

Hacia el primer año el niño ya puede dar sus primeros pasos y decir sus primeras palabras. Cada vez manipulará las cosas con más precisión, y su manera de interactuar con el mundo se ampliará considerablemente al sentir la necesidad de explorar y establecer relaciones con el entorno.

La curiosidad por el mundo y la necesidad de ser cada vez más independiente y autónomo –hacer las cosas por sí mismo, demostrarnos lo que puede hacer y poner a prueba sus habilidades– le pueden generar sentimientos ambivalentes. El niño quiere descubrir y lo quiere hacer solo, pero aún nos necesita, nos reclama, se muestra tímido e incómodo con personas extrañas y tiene miedo de lo que no conoce. En estos momentos, padres e hijos ya han establecido un buen vínculo afectivo que le proporciona mucha seguridad al niño. En estos momentos, nuestro hijo ya nos podrá transmitir estas sensaciones de seguridad y de cariño porque también ha aprendido a mostrar afecto: nos da besos, nos abraza… En este sentido continúa relacionándose principalmente a través de sus gestos: dice “no” moviendo la cabeza, utiliza la mano para decir “adiós”, señala con el dedo para pedirnos algo y su juego es el principal medio de interacción –de momento juega solo o con los adultos más cercanos–.

De los 18 a los 24 meses: “Estoy atento a mi reacción y a la de los demás”

Su autoconocimiento y autonomía cada vez son mayores. Ahora el niño nos pide cosas, lo quiere todo y tiene deseos intensos, a pesar de que busca a las personas de referencia para que lo ayuden a escoger. Son momentos de experimentación: el niño prueba qué sucede si dice que “no” cuando le decimos que nos vamos del parque, qué sucede si rechaza la comida y pide chocolate… Es un modo de aprender qué es lo que puede hacer y lo que no, va probando y descubriendo normas y límites. Por este motivo, porque desconoce cuáles son las normas y cuáles son los límites que le queremos transmitir, nuestras reacciones ante su conducta, ante su comportamiento y sus propuestas serán importantes:

Nosotros somos los que realmente sabemos lo que necesita –él no sabe que antes de comer chocolate se debe merendar, o que solo queremos que coma chocolate en ocasiones especiales, o que ha llegado la hora de irnos del parque porque debemos hacer otras cosas…–. El niño se encuentra ante un amplio abanico de posibilidades y debemos ser nosotros los que le guiemos para que pueda escoger las opciones que consideremos apropiadas. Aunque el niño aún no tiene la suficiente capacidad para determinar las consecuencias de su comportamiento, sí que es importante que nosotros mantengamos las mismas respuestas a sus conductas para que, poco a poco, vaya aprendiendo.

Para que se pueda conocer a sí mismo, el niño también se autoevalúa y está muy atento de gustar a los otros. En este sentido, acostumbra a expresar sus sentimientos de un modo exagerado: se enfada si no le damos lo que pide –ya empieza a diferenciar lo que es suyo de lo que es de los demás, y aún no le gusta compartir–, quiere hacer las cosas a su manera y se frustra con facilidad cuando no le sale como le gustaría. Si el niño vive alguna experiencia como un fracaso, nos lo comunicará llorando, y pueden aparecer las primeras rabietas. También lo vemos muy contento y alegre ante sus logros, cuando se ve capaz de hacer cosas por sí mismo sin ayuda. Algunos niños intentan llamar la atención mediante “monerías”: quieren hacerse querer y sentirse reconocidos. También es normal que escuchemos a la criatura estableciendo una especie de diálogo con ella misma, o premiándose y penalizándose por lo que hace: es una de las maneras que tiene de incorporar las normas y de juzgarse a sí misma, así como de crear, poco a poco, la autoestima.

De los 24 a los 30 meses: Imagino e imito

En esta etapa, y debido al dominio de la palabra –en la mayoría de los casos ya podemos entender a nuestro hijo cuando se expresa verbalmente– el niño muestra mucho interés en las relaciones sociales. El habla también le permite iniciar su capacidad de imaginación y de representación, de modo que puede pensar y llamar aquello que no está presente, utilizando estas nuevas capacidades como medio de aprendizaje. Al niño le gustará disfrazarse, participar activamente en las actividades cotidianas y representarlas. Por ejemplo: jugar a tiendas, a padres y a madres, simular una conversación telefónica, etc. El hecho de explorar y de reproducir el mundo adulto le ayudará a resolver conflictos, tensiones, sentimientos y a tomar conciencia de los demás. Por ejemplo, si no le gusta ir al médico podrá manifestar este miedo o este malestar mediante el juego: hará ver que es el médico y su peluche el paciente y, en las interacciones que el niño reproduzca en su juego, podremos observar qué siente.

Su interés por las relaciones hará que le guste compartir el mismo espacio de juego con otros niños. A pesar de esto, no compartirá ni juegos ni juguetes, sino que realizará actividades paralelas: diversos niños podrán ocupar el mismo espacio pero no compartirán el mismo juego.

Del mismo modo, a partir de los dos años puede aparecer la etapa del no. Durante esta etapa, el niño ve que cuando dice “¡no!” pasan cosas y que su “¡no!” tiene mucha fuerza, por eso lo experimenta.

De los 30 a los 36 meses: “Yo también quiero decidir”

La etapa del “no” continúa, y el niño mantiene la negación como parte de su proceso de reconocimiento: quiere reafirmarse. Para hacerlo protesta, desobedece, se niega o pide con insistencia poder hacer algo, utilizando la oposición para demostrar su autonomía e ir construyendo su personalidad. Ahora le gustará dar órdenes y las pataletas pueden ser más constantes. Su confrontación con el adulto le ayuda a diferenciarse, a distinguir entre el “yo” y “el otro”.

Asimismo, continuará imitando y realizando juegos simbólicos que le ayudarán a ir conociendo los hábitos de comportamiento sociales, y empezará a buscar la compañía de otros niños.

Hacia los tres años, los niños empiezan a identificar las emociones y los sentimientos: es importante que nosotros les ayudemos a ponerles nombre. También se identifican a sí mismos y tomarán consciencia de sí mismos como persona, percibiendo lo que sienten, lo que necesitan…

Poco a poco, desarrollarán la capacidad de juicio y de reflexión. En estos momentos, razonar con el niño adecuando las explicaciones a su capacidad de comprensión, establecer límites y normas claras, y mantener un buen vínculo afectivo con ellos, les aportará seguridad y los orientará en su forma de convivir, de adquirir valores y de relacionarse.

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1-3 años, Artículos recomendados, Desarrollo y aprendizaje, Relaciones familiares y comunicación