Hijos saludables: ¿Cómo les ayudamos a serlo?

Los hijos saludables son en primer lugar niños felices, que disfrutan del juego y que no están estresados. Es decir, son criaturas con una buena salud física y psicológica. En este sentido, es importante que vean modelos de adultos respetuosos, que se quieren, que comparten el tiempo con ellos, etc.

A parte de esto, es necesario transmitir a nuestros hijos estilos de vida saludables en cuanto a la higiene, a la alimentación, al descanso, al deporte, etc. Desde que son muy pequeños los niños pueden ir adquiriendo autonomía, aprendiendo a cuidar de su salud y a tener unos hábitos que les permitirán disfrutar de una calidad de vida y de bienestar en un futuro.

¿Cómo conseguir que los niños adopten conductas saludables?

Para comenzar, es importante que transmitamos a nuestros hijos la importancia de la higiene corporal y de la higiene del entorno como medida de prevención de las enfermedades.

Seguramente, una de sus formas de aprendizaje por excelencia sea la imitación de sus referentes y esto lo podemos aprovechar haciendo que nos vean actuando en el día a día y que vayan integrando las conductas que ven. Por ejemplo, cómo nos lavamos las manos antes de manipular los alimentos o cómo nos lavamos los dientes.

Es necesario que nuestro hijo adopte unos hábitos alimentarios saludables. En este sentido, será importante acostumbrarlo a una dieta variada y equilibrada, así como a saber disfrutar de los momentos de las comidas.

Debemos intentar evitar conductas peligrosas, por ejemplo, garantizando un entorno seguro y un hogar adaptado a los niños o conductas nocivas para la salud: no fumar en presencia de los niños, comer golosinas, bollería u otro tipo de alimentos poco saludables solo en ocasiones especiales, etc.

Al mismo tiempo, es importante que intentemos potenciar estilos de vida saludables, por ejemplo, fomentando la práctica de ejercicio cuando vamos al colegio dando un paseo en lugar de ir en coche, subiendo las escaleras en lugar de utilizar el ascensor, organizando salidas en nuestro entorno, a la naturaleza y/o con otras familias, etc.

También es necesario ayudar a nuestro hijo a desarrollar su autoestima y el respeto hacia su propio cuerpo. Por ejemplo, fomentar su autoestima es una manera de hacerlo. El niño que descubre que puede hacer cosas y que las hace bien, se siente motivado para poner a prueba sus habilidades.

La prevención de la salud

Para tener hijos saludables no es suficiente transmitirles hábitos saludables. El papel del adulto, de hecho, es muy importante. Una de nuestras misiones principales es la prevención de las enfermedades y esto supone:

  • Conocer las enfermedades infantiles más frecuentes y sus síntomas, así como las pautas de actuación, para que de este modo podamos dar una mejor y más rápida respuesta a nuestros hijos.
  • Realizar los seguimientos médicos oportunos para asegurarnos que nuestro hijo crece sano.
  • Cubrir las necesidades básicas de nuestros hijos, tanto físicas –por ejemplo, con una buena alimentación, propiciando el descanso y el ejercicio– como psíquicas y sociales –mediante la afectividad, fomentando el juego, el contacto con otras personas, etc.–.
  • Cumplir el calendario de vacunaciones recomendado en función del área geográfica en la que nos encontremos ayuda a prevenir algunas enfermedades.
  • Estar atentos a los signos de alerta, como la fiebre, la inflamación, una erupción, incluso la tristeza, la falta de apetito o la inquietud de nuestro hijo porque pueden ayudar a indicar que alguna cosa puede estar sucediendo. Delante de estas señales, será conveniente acudir al pediatra para que realice un diagnóstico. Un diagnóstico precoz y un rápido tratamiento de la enfermedad pueden ayudar a reducir los efectos de la enfermedad y/o a que el tratamiento pueda resultar más eficaz. De hecho, nuestro hijo puede estar enfermo o no pero, si nos vamos a quedar más tranquilos, podemos ir al pediatra y así descubriremos qué está pasando.

Ante estos síntomas también será responsabilidad de los adultos avisar a las demás familias con las que acostumbra a estar en contacto nuestro hijo y, si se diese el caso, a los educadores del colegio, para evitar que otros niños se puedan contagiar.

Las enfermedades infantiles

A pesar de esto, es inevitable que nuestro hijo sufra una enfermedad. Por ejemplo, la otitis, la conjuntivitis o los resfriados son algunas de las enfermedades frecuentes en los niños de uno a tres años, pero también hasta alrededor de los seis.

Se trata de enfermedades que se transmiten a través del aire –es decir, cuando el niño respira un agente infeccioso–, o que se transmiten a través de los objetos –por ejemplo, intercambiando juguetes, peines, etc.–, o que se transmiten por el contacto directo –por ejemplo, la saliva, o tocando un arañazo, etc.– Estas enfermedades infantiles más habituales están causadas principalmente por bacterias –como es el caso de la otitis o de la conjuntivitis– por virus –la varicela y el sarampión serían dos ejemplos– o por parásitos –como las lombrices–. Los niños de estas edades son más vulnerables ante este tipo de enfermedades por la inmadurez de su sistema inmunitario, es decir, sus mecanismos de defensa ante las enfermedades aún son pobres.

El papel de los adultos ante las enfermedades infantiles

Respetar el diagnóstico de los profesionales médicos y seguir sus indicaciones en relación con los medicamentos prescritos es esencial para el bienestar y la recuperación de nuestro hijo.                     

De la misma manera, también es crucial acompañarlo y estar presente, ya que los niños acostumbran a estar muy susceptibles cuando se encuentran mal. La irritabilidad, el cansancio físico o el desánimo son algunos de los síntomas de un niño enfermo. En este sentido, debemos acompañarlo en su recuperación intentando ponernos en su piel, siendo pacientes y afectuosos –ofreciéndole, por ejemplo, si no hay contradicciones médicas, las comidas que más le gusten–, pasando largos ratos con él, etc.

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3-5 años, cuidados y seguridad, Revisats, Salud