Inteligencia emocional en familia

Aunque actualmente parece que se hable más de ello que en el pasado, la inteligencia emocional ha sido desde tiempos remotos una cualidad inherente a la condición humana.

En 1983, H. Gardner propuso el concepto de inteligencias múltiples, constatando la limitación de los tests de inteligencia clásicos. Entre ellas, además de la inteligencia numérica, espacial y lingüística recogidas en estos tests clásicos, Gardner incluyó también la musical, la cinética, la naturalista y la emocional (que incluye las inteligencias intrapersonales e interpersonales).

Más adelante, en 1990, Salovey y Mayer propusieron el término de inteligencia emocional en referencia a la importancia que tienen las emociones en los procesos adaptativos e intelectuales. Según Goleman, la inteligencia emocional es la capacidad de reconocer los propios sentimientos y los ajenos.

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Este tipo de inteligencia puede variar y desarrollarse a lo largo de la vida, sin límite de edad, y está compuesto por las propias competencias de cada persona y la naturaleza de nuestras relaciones, como:

  • Percepción de las emociones: sentirlas.
  • Comprensión y validación de las emociones: de qué se trata, por qué motivo, etc.
  • Regulación de la intensidad en caso de que sea excesiva: control.
  • Correcta canalización o aplicación: qué hacer con ella

Las madres y los padres podemos ayudar a nuestros hijos a desarrollarse saludablemente a escala emocional, favoreciendo así el bienestar del entorno familiar. Pero, ¿cómo podemos hacerlo?

Tomando consciencia de nuestras emociones

Escuchar y entender nuestras propias emociones es el primer paso para tomar consciencia de ello. Las emociones hacen referencia a aquello que es relevante para nosotros: quiénes somos, cómo somos o qué valoramos en la vida. Una buena forma de comenzar puede ser preguntándonos: ¿Cómo me siento? ¿Me gusta sentirme así? ¿Por qué me siento así? Esta emoción ¿me ayuda en el momento actual? ¿Cómo estoy expresando cómo me siento? ¿Qué puedo hacer para cambiar esta emoción? Así iremos identificando poco a poco nuestras emociones.

Ayudando a descubrir las emociones y los sentimientos.

Es importante que ayudemos a nuestros hijos a identificar y a poner nombre a cómo se sienten, a conectar con ellos mismos y a comprender cómo esto afecta a su comportamiento. En cualquier situación cotidiana, podemos preguntarles si están contentos, tristes, enfadados, etc. relacionando esta emoción con lo que está pasando, ayudándoles a poner palabras a cómo se sienten y a lo que lo puede haber originado: “Me parece que estás muy contenta con este dibujo que has hecho”, me parece que estás enfadado porque no te ha gustado que la maestra te haya reñido”, “entiendo, “entiendo que estés triste porque hoy no has podido ir a jugar con tu amiga”, etc. De esta forma les ayudaremos a buscar la forma de expresar sus emociones.

Reconociendo nuestros sentimientos

Otra forma de ayudar a nuestros hijos es poniendo nombre también a nuestros estados de ánimo –por ejemplo, cuando estamos contentos, tristes, o cuando sentimos miedo– : “Estoy triste porque el tío está enfermo…”, esto que ha pasado me ha hecho enfadar…” “estoy contento porque has ayudado a tu hermana…”.            

Todas las emociones son legítimas y tanto las positivas (alegría, felicidad, etc.) como las negativas (rabia, tristeza, etc.) forman parte de nosotros. Nuestro papel será ayudar a nuestros hijos a gestionarlas, ya que su primera reacción de impulsividad puede no ser la más adecuada –por ejemplo estar enfadado y pegarle a un compañero, tirar el juego si pierde, etc.–

Algunas recomendaciones:

  • Utilicemos la comunicación no verbal de forma orientativa con nuestros hijos para identificar sus estados emocionales (por ejemplo, frente a un espejo viendo cómo cambian los gestos faciales según la emoción. ¿Qué cara ponemos cuando estamos asustados? ¿Y cuando estamos muy contentos?
  • Ayudemos a los niños a reconocer sus estados y cambios emocionales: “Hace un momento sonreías y ahora parece que te has puesto serio. ¿Qué ha pasado?”
  • Ayudémosles a discriminar y a utilizar vocabulario sobre las emociones que puedan atribuir a sus diversos estados.
  • Ayudémosles a comprender y a reconocer las emociones de los otros.
  • Hagámosles saber que es natural tener emociones negativas, comenzando por uno mismo, como un proceso natural de la vida: “Estoy preocupado porque hoy he tenido un problema”.
  • Seamos conscientes del uso y de las consecuencias del etiquetado. Si le decimos a nuestro hijo “eres un niño malo”, “eres un desastre”, es probable que se comporte así y que, además, su autoestima disminuya.
  • Ante una situación complicada, identifiquemos los factores que en el pasado han facilitado su bienestar para utilizarlos en el presente. Por ejemplo, si nos encontramos en el caso de que nuestro hijo hoy está especialmente inquieto, por ir a la escuela, preguntémonos en qué casos no lo está. Quizás llegaremos a la conclusión que aquellos días en que nos levantamos descansados, con tiempo y con más paciencia, el niño está más relajado, y que quizás si ahora le tratamos con más paciencia, su actitud cambiará.

Mostrarnos comprensivos con los niños y sintonizar emocionalmente con ellos con sentido del humor y sirviéndoles de modelo, les ayudará a crecer siendo más sensibles a las emociones que los envuelven, sin miedo a sentir y disponiendo de una buena base emocional para afrontar los retos de la vida.

Categoria
1-3 años, Relaciones familiares y comunicación, Revisats