Las emociones de mi hijo

Durante los primeros años hemos visto cómo nuestro hijo crecía y adquiría varias habilidades a un ritmo acelerado. Cuando pensamos en habilidades motrices, estos hitos son evidentes: podemos observar cómo camina el niño, cómo ha ido perfeccionando poco a poco su precisión con el uso de las manos, etc.

Lo mismo sucede con el desarrollo del lenguaje o con el desarrollo físico: percibimos fácilmente lo que ha aprendido y lo que pronto llegará, pero ¿nos hemos parado a pensar en sus sentimientos y en las emociones que experimenta? Quizás nos preguntemos: ¿Hasta qué punto el niño es capaz de expresar sus sentimientos? ¿Puede identificar los sentimientos de los demás? ¿Qué emociones experimenta en los acontecimientos de su día a día?

Con respecto al desarrollo emocional del niño, la etapa de los tres a los cinco años es clave: se trata de un momento en el que la criatura experimentará diferentes emociones y sentimientos, que sobre todo serán muy intensos.

Conocer cuáles son estos sentimientos y emociones, así como algunas de las causas que los provocan, nos ayudará a entender a nuestros hijos, ayudándoles en este proceso de diferentes vivencias.

De los tres a los cinco años: La explosión de las emociones

desarrollo emocional niños , inteligencia emocional en niños, emociones niños, emociones y sentimientos en los niñosCuando hablamos de las características de una etapa siempre existe el riesgo de generalizar demasiado y que esto nos impida ver la individualidad de cada niño/a. Sin caer en este error y teniendo en cuenta que cada criatura es única y diferente, como también lo es su proceso de maduración, es cierto que existen elementos comunes en lo que a su desarrollo se refiere.

En el caso de las emociones y los sentimientos, acostumbra a pasar lo mismo: existen determinados hitos que se producen en la misma franja de edad pero que cada niño vive con mayor o menor intensidad y más tarde o temprano.

La consciencia de las emociones y los sentimientos

A medida que van creciendo, va aumentando la capacidad de los niños de reconocer las emociones y los sentimientos: poco a poco, empiezan a entender que las situaciones agradables producen sensaciones positivas y las desagradables sensaciones negativas.

También son capaces de identificar estas emociones en los dibujos que ven –caras sonriendo o caras tristes–; en los otros –los hermanos, los personajes de los cuentos, las películas, etc.–, y, gracias al desarrollo del lenguaje y a nuestra ayuda, aprenden a poner nombre a lo que sienten.

Para conseguirlo es necesario que les expliquemos nuestras emociones –si estamos contentos o enfadados– y el porqué. Es necesario hacerles caso cuando nos manifiestan una emoción o un sentimiento y les ayudamos a expresarlo con palabras, justificando nuestra visión: “entiendo que estés enfadado porque quieres seguir jugando, pero ahora es la hora de cenar y de descansar. Mañana podrás volver a jugar otro rato”.

También podemos recorrer a actividades artísticas como el dibujo, la pintura, la música, etc. como vehículo de expresión, ya que todas ellas son grandes estimulantes y una buena ayuda para aquellos niños a los que les cuesta manifestarse a través de las palabras. O bien compartir cuentos, historias, películas u otras obras artísticas que le permitan meterse en la piel de otras personas y empezar a entender lo que sienten los otros.

¿Qué emociones experimentan los niños entre los tres y los cinco años?

A medida que la criatura crece, las emociones y los sentimientos se van haciendo cada vez más conscientes y complejos.

Durante la etapa que va de los tres a los cinco años, los niños van adquiriendo más herramientas de expresión –como el habla–, y su mundo empieza a ampliarse: cada vez se enfrentan a un conjunto de situaciones –interacción con objetos, personas, otros niños, él/ella mismo/a, etc. que le despiertan más emociones y sensaciones. Las más frecuentes son:

El miedo: especialmente a los animales, a la oscuridad, a las tormentas, a los seres imaginarios –fantasmas o monstruos–, etc. Estos miedos están relacionados con el sentimiento de peligro frente a una amenaza real o imaginaria –pueden pensar, por ejemplo, que los ogros son reales porque los han visto en ilustraciones o en películas–, pero también con experiencias aprendidas que resultaron desagradables. Algunas de estas experiencias desagradables pueden haber sido transmitidas por los adultos, por ejemplo, si los padres tienen miedo de los perros será fácil que a la criatura también le pase lo mismo.

Para evitarlo, es importante no transmitir emociones negativas desmesuradas porque somos un ejemplo a imitar: si padecemos demasiado, contribuiremos a que nuestros hijos adopten nuestras mismas inseguridades y miedos.

Por tanto, es muy importante mantener actitudes serenas, razonadas y coherentes, evitando utilizar el miedo como recurso educativo: no debemos hablarles del hombre del saco, por ejemplo, ya que es muy posible que la criatura pase un miedo innecesario. De hecho, en el fondo, no dejan de ser amenazas o mentiras que pueden aterrar al niño creándole inseguridad.

En cambio, podemos poner límites y ser directos con nuestras demandas con mensajes claros, como “mamá no quiere que toques eso” o bien con una mirada concreta o un gesto claro que pueda reconocer.

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Generalmente, los miedos desaparecen de forma espontánea a medida que la criatura va creciendo, perdiendo la sensación de indefensión, y a medida en que aprende de su propia experiencia con respecto a estos miedos determinados.

Es importante tener claro que los miedos forman parte de un proceso de desarrollo natural y, por tanto, es clave que les acompañemos y les ayudemos a tomar consciencia de cada uno de los miedos, a transformarlos y a gestionarlos con serenidad y razón. Deberemos pues hablar con él, concretar lo que le asusta, enseñarle a encontrar el valor real de este miedo y buscar alternativas para disminuir la ansiedad ante estas situaciones: “Entiendo que tengas miedo, el perro nos ha dado un susto, pero solo ladra porque no nos conoce, si no le molestamos, no nos va a hacer nada….”.

El negativismo y la oposición: se trata de dos emociones que utiliza para afirmarse como individuo ya que a medida que va creciendo, también se va relacionando cada vez con más personas y necesita diferenciarse de ellas. Cada niño y cada niña necesita buscar su identidad individual, descubrir sus posibilidades y poner a prueba sus límites –está encontrando su rol y conociendo nuestras demandas–.

En estos casos, es importante mantenernos firmes y hacer que se den cuenta de si actúan bien o mal, así como de las consecuencias que pueden tener sus actos. Los límites son las señales de un camino que les indicará por dónde deben pasar, lo que pueden hacer y lo que no pueden hacer, velando por su bien y su seguridad. De hecho, si siempre cedemos en todo, nuestro hijo no aprenderá a afrontar las dificultades ni a tolerar la frustración, de modo que se desesperará si no tiene o hace lo que quiere.

Poco a poco, irá reconociendo a los demás y nuestras expectativas, pero será necesario orientarle para que lo pueda hacer, puesto que de forma innata no sabe lo que esperamos de ellos, aunque conozca nuestras normas.

La vergüenza: a medida que los niños crecen van adquiriendo más y más consciencia de sí mismos, lo que les permite verse como los ven los demás. Así, cuando se sienten observados, pueden sentir vergüenza, hacer gracietas para llamar nuestra atención y sentirse queridos o hacer alguna pataleta si se sienten frustrados. La percepción que tienen sobre cómo les ven las personas de su alrededor repercutirá directamente en la creación de su autoestima.

Todo ello hace que durante esta etapa los niños y niñas experimenten sentimientos ambivalentes hacia nosotros: ya han descubierto que se están haciendo mayores, que cada vez pueden hacer más cosas solos, tomar decisiones y tener mayor iniciativa, y por ello quieren comenzar a ser más independientes. Pero no debemos olvidar que siguen necesitando nuestro afecto y protección para que su confianza y seguridad se desarrollen.

Una vez ya haya adquirido consciencia de sí mismo, el niño evoluciona hacia un nuevo estado: la extensión de sí mismo, que hará que dé mucho valor a todo lo cercano y significativo. Por ejemplo, comenzará a entender cuál es su relación con el tío o con su juguete, y puede manifestarlo con comportamientos posesivos. Es en este momento que pueden aparecer los celos: el pequeño/a ha creado un vínculo tan fuerte con nosotros que tiene miedo a perdernos.

Este nuevo interés por los demás será cada vez mayor: escogerá a sus amigos, gozará de las actividades con ellos, cooperará con ellos y aprenderá a percibir los sentimientos de los demás.

Todas estas emociones y sentimientos –pataletas, miedos, etc.– pueden aparecer antes o después en función del estado de madurez de la criatura, en un momento de cambio en su vida cotidiana –el nacimiento de un hermano, cuando el padre o la madre inician una relación con otra pareja…– o bien no aparecer nunca.

Lo importante es estar junto a nuestro hijo ante cualquier manifestación emocional para ayudarle a gestionarla, ofreciendo serenidad y muestras de amor, conociendo y reconociendo cómo se siente y siendo conscientes de que no se trata de actos fortuitos ni deliberados sino de expresiones de algún tipo de necesidad.

Finalmente, y al margen de todas las emociones que ya hemos mencionado, la alegría también tiene un papel clave en el desarrollo emocional de los niños. Aunque ya la experimentan desde muy pequeños, relacionándola con la sensación de bienestar, seguridad, creación, exploración o descubrimiento, en esta etapa de los tres a los cinco años la alegría adquiere nuevas dimensiones. Ya empiezan a ser capaces de percibir la alegría del éxito o la que sienten cuando acaban o conquistan lo que se proponen, y que en seguida querrán socializar y compartir.

En este sentido, empezarán a experimentar una alegría “social” a medida que sus relaciones interpersonales vayan siendo más ricas e intensas, internalicen la actitud de los otros hacia ellos –ya no solo con las personas de su entorno más cotidiano– y, por consiguiente, mantengan relaciones positivas con otros niños y adultos, mostrándose simpáticos y amables.

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3-5 años, Artículos recomendados, Desarrollo y Aprendizaje, Relaciones familiares y comunicación, Revisats