Las enfermedades más frecuentes en los niños de 1 a 3 años

Entre uno y tres años los niños acostumbran a entrar en contacto con muchas personas nuevas y también con nuevos virus, bacterias y otros agentes infecciosos, desconocidos por ellos y por su sistema inmunitario. En este proceso de socialización es natural que el niño contraiga alguna enfermedad.

Conocer cuáles son las enfermedades más frecuentes en este periodo y sus síntomas más frecuentes nos ayudará a detectar mejor cuándo nuestro hijo puede estar enfermo y a afrontar esta situación con más serenidad.  

¿Cuáles son las enfermedades más frecuentes?

salud, enfermedades, diarrea, otitis, conjuntivitis, varicela, resfriado, enfermedades más habituales en niños

Otitis: es una inflamación o infección del oído, frecuentemente causada por diferentes bacterias.

El contacto con el agua de las piscinas, sacar la cera del oído –tiene una función protectora– y la mucosidad constante del niño –provocada por otras infecciones respiratorias como los resfriados– pueden desembocar en una otitis.

Los principales síntomas acostumbran a ser el dolor de oído, la fiebre, o la supuración de la oreja. Los niños también pueden mostrar su malestar mostrándose irritados, rechazando los alimentos, llorando… Ante estos síntomas será necesario visitar al pediatra para que efectúe un diagnóstico y recomiende el tratamiento oportuno.

Conjuntivitis: consiste en la inflamación de la mucosa conjuntiva, una membrana que envuelve el globo ocular. Acostumbra a presentarse en forma de enrojecimiento ocular, picor, lagrimeo, lagañas, inflamación de los párpados y, en general, molestias en el ojo.

Las infecciones o las alergias son las principales causas de la conjuntivitis. La conjuntivitis infecciosa se transmite muy fácilmente a través de la tos y los estornudos, contagiándose asimismo a través de las manos, del uso compartido de pañuelos, toallas, etc.

El tratamiento que nos propondrá el pediatra consistirá habitualmente en una buena higiene de los ojos.

Varicela: es una enfermedad contagiosa producida por un virus que afecta sobre todo a los niños entre los dos y los diez años.

Se transmite por vía respiratoria a través de la inhalación de las gotitas de saliva que expulsa la persona enferma cuando habla o respira, o por el contacto directo de la criatura con las erupciones cutáneas producidas por la propia enfermedad. Es contagiosa desde aproximadamente dos días antes de que aparezca la erupción cutánea hasta que todas las ampollas se conviertan en costras –en torno a una semana después de la erupción–. Desde el momento del contagio, su periodo de incubación, sin síntomas, es de unas dos semanas.

Las principales manifestaciones de la varicela son las erupciones cutáneas, la fiebre, el cansancio, la debilidad y el picor intenso. Las erupciones acostumbran a empezar en la cara y en el pecho, se extienden por el resto del cuerpo, creando una costra cuando se secan. La duración de estos síntomas acostumbra a ser de una semana aunque puede variar mucho de un niño a otro.

El pediatra nos confirmará el diagnóstico pero solo nos podrá facilitar un tratamiento para reducir los síntomas, principalmente el picor y la fiebre. El propio cuerpo del niño se encargará de superar la infección.

Será conveniente evitar que la criatura se rasque las heridas, –es recomendable cortarle las uñas para evitar que se haga daño rascándose– intentando que esté en un entorno más bien fresco –el picor empeora con la humedad–. Una buena higiene también contribuirá a evitar la infección causada por las lesiones en la piel: será conveniente duchar diariamente al niño, secándole después suavemente la piel sin fregar, para no irritarla ni reventar los granos.

Los aceites o las cremas con rosa mosqueta, aplicados tras haber pasado la varicela, nos ayudarán a reducir las posibles cicatrices que le hayan podido quedar al niño.

Para evitar el contagio, será recomendable que el niño se quede en casa hasta que toda la erupción esté en fase de costra.

Por lo que respecta a la prevención, la mejor medida es evitar el contacto directo con las personas que padezcan esta enfermedad y vacunar al niño si se considera oportuno. 

Resfriado: el resfriado es una afección de las vías respiratorias altas –nariz y garganta– causada por una gran variedad de virus. Se transmite a través de las secreciones de las vías respiratorias que se expulsan en el aire mediante la tos o los estornudos. También se transmite cuando existen objetos contaminados, como juguetes, cubiertos, vasos, etc., que entran en contacto con la boca, la nariz, las manos o los ojos de la criatura.

La población infantil es la más sensible al contagio y la más afectada, principalmente por la interacción con otros niños, y por el hecho de que su sistema inmunológico –las defensas naturales del cuerpo contra las infecciones– no está tan desarrollado como el de los adultos. Un niño puede sufrir de media entre seis y ocho resfriados al año.

Los síntomas más frecuentes son la mucosidad, la obstrucción o secreción nasal, las dificultades para respirar –que pueden provocar dificultades para dormir y comer–, la tos seca, la fiebre, las molestias en la garganta y el malestar general, entre otros. La enfermedad acostumbra a tener una evolución de cinco a siete días.

La sintomatología de la gripe y del resfriado son muy similares, aunque los síntomas de la gripe acostumbran a ser más pronunciados, por ejemplo, con fiebre más alta acompañada de dolor muscular–. El pediatra nos ayudará a discriminar cuál es la enfermedad que afecta a nuestro hijo y nos indicará el tratamiento a seguir. Conviene tener en cuenta que el resfriado se cura solo, de modo que el tratamiento se orientará a traducir los síntomas: la fiebre, la obstrucción de la nariz o la tos irritativa.

Será importante mantener una buena hidratación de la criatura, ofreciéndole agua o zumos de fruta naturales, una humidificación ambiental adecuada, mediante un vaporizador u otra fuente de humedad, que evite que la mucosa se resienta, y lavarnos las manos con frecuencia para evitar contagiar a los demás.

Diarrea: es una inflamación de los intestinos y del estómago que se manifiesta con un aumento del número de deposiciones y/o la alteración de su consistencia habitual.

Las principales causas de la diarrea son las infecciones de origen diverso –virus, bacterias, parásitos, etc.–, la ingesta de alimentos contaminados, una reacción a la introducción de nuevos alimentos o la ingesta prolongada de determinados medicamentos. Sus formas de contagio o transmisión son diversas.

Por la diversidad de causas que originan la diarrea (pérdida excesiva de agua, sales y minerales, a través de las heces) y por el peligro de deshidratación y de desnutrición de la criatura, será conveniente que el pediatra evalúe su estado de salud.

Las diarreas pueden ir acompañadas de otros síntomas, como vómitos, náuseas, sensación de dolor abdominal o fiebre.

Para tratar la diarrea se acostumbra a recomendar la ingesta frecuente de líquidos para evitar la deshidratación, y una dieta astringente, es decir, una dieta en la que se reducen o se limitan los alimentos ricos en fibra, como las verduras, las hortalizas, la fruta y la leche, recomendándose los alimentos pobres en residuos, como el arroz, la zanahoria, el pollo y el pescado hervido.

Ante cualquier enfermedad, es importante mejorar el bienestar del niño. Si bien conocer las enfermedades más frecuentes y sus síntomas nos dará pistas sobre lo que puede estar pasando, el pediatra será el que determinará el diagnóstico y el tratamiento adecuados.

Categoria
1-3 años, cuidados y seguridad, Salud