Los horarios y las rutinas durante el primer año de vida

El nacimiento de un niño acostumbra a suponer importantes cambios en las rutinas, tanto de la familia en su totalidad como de cada uno de sus miembros. Los niños, desde muy pequeños, son sensibles a los cambios que se producen en su día a día. Establecer rutinas y horarios les ayudará a conocer su entorno, a descubrir lo que hasta ahora les era desconocido, y les aportará seguridad.

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Así pues, aunque pudiéramos pensar que durante el primer año de vida del niño puede ser demasiado pronto, la creación de estos hábitos les ayudará posteriormente en el logro de hábitos y en la aceptación de límites y normas, y nos ayudará a crear un contexto familiar favorable. En un primer momento, podemos comenzar a introducir los hábitos y rutinas relacionados con las atenciones básicas de la criatura: la alimentación, la hora de irse a la cama, el baño, el juego…, permitiendo que, poco a poco, el bebé empiece a observar unas pautas. En este proceso de educación y de aprendizaje, el consenso familiar, la flexibilidad, el afecto y el tiempo serán muy importantes.

El consenso familiar

Si vivimos en pareja o con otras personas que cuidan del bebé será muy importante que consensuemos las decisiones que afectarán a su crianza y que todos tengamos claros los horarios y las rutinas que le queremos transmitir. La crianza es un reto conjunto que conviene compartir con todas las personas implicadas en la educación del niño.

La coherencia de nuestro comportamiento en relación con lo que queremos conseguir es importante. Los niños aprenden de lo que somos y de lo que hacemos las personas de su entorno, que actuamos como modelos para ellos. Así pues, es importante que las decisiones que tomamos sean transmitidas con regularidad. Por ejemplo, si decidimos que la mejor hora para el baño del bebé es antes de irse a la cama, conviene que sea así, independientemente de la persona con la que esté. Si las normas que queremos transmitir cambian en función de quién es la persona que acompaña al bebé, lo podemos confundir. Un acuerdo mutuo y una manera de hacer las cosas compartiéndolas facilitarán que el niño entienda lo que le queremos transmitir y nos ayudará a conseguir una buena convivencia.

En este sentido sería importante transmitir las pautas cuando estemos convencidos que las podremos llevar a cabo de una manera regular y constante, garantizando que le ofrecemos un mensaje claro al bebé.

La flexibilidad

Al principio, las necesidades vitales del niño –especialmente las relacionadas con la alimentación y el sueño– serán las que nos marquen las rutinas. A medida que el bebé crezca, podemos organizar las labores de cuidados y atención estableciendo un horario, lo que nos ayudará a desarrollarlas más fácilmente. Aunque debemos tener cuidado, porque las necesidades del niño irán cambiando a medida que crezca. En este sentido será importante ser flexibles, adadaptándonos a estas necesidades y conociendio los objetivos que perseguimos. Cuando el niño empiece a entendernos, le podemos explicar el motivo de nuestras decisiones y hacerle participar de ellas.

Por parte de los adultos, la flexibilidad también será muy importante. Es natural que las personas que nos ocupamos del niño algunas veces nos saltemos alguna rutina, ya sea porque cada persona es diferente y en algunos casos se pueden tener diversas formas de hacer –el padre le canta una nana antes de irse a dormir y la madre le explica un cuento–, ya sea porque se dan situaciones determinadas – hemos llegado tarde del trabajo y dejaremos el baño para mañana por la mañana, o hoy celebrábamos un cumpleaños y el niño ha comido más tarde…– o porque necesitamos nuestro tiempo –queremos pasar un rato con nuestra pareja y esta tarde nuestro hijo irá a casa de sus abuelos–.

El afecto

Cuando intentamos transmitir horarios y rutinas es importante ser constantes, tener paciencia y hacerlo con afecto y amor. Si lo hacemos de esta manera, garantizando que el niño se sienta cómodo y querido, aceptará con más facilidad nuestras sugerencias, entendiendo que son positivas para el bienestar de todos.

En el momento de transmitir nuestro afecto, deberemos tener en cuenta algunos factores, como pueden ser la relación que tenemos con el niño, cómo nos comunicamos, el tono de voz que utilizamos, las miradas, las caricias, etc.

El tiempo

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Desde que los niños son muy pequeños podemos empezar a enseñarles a diferenciar el tiempo y que cada acción tiene su momento. Para hacerlo relacionaremos lo que haga el niño con el momento del día en el que nos encontremos, la forma de relacionarnos, lo que pasa en nuestro entorno, etc.

Cuando es de día y están despiertos es importante interactuar con ellos. Jugar, hablar, poner a su alcance algún objeto que les ayude a realizar descubrimientos y a permanecer en espacios iluminados para que puedan explorar lo que sucede a su alrededor.

Cuando es de noche, favoreceremos un ambiente relajado, oscuro, silencioso y que facilite que el bebé pueda dormir.

Cuando el niño esté realizando una actividad diaria determinada, intentaremos no distraerlo de su finalidad con otras acciones: por ejemplo, cuando esté comiendo intentaremos que disfrute de la comida, prestando las atenciones necesarias para que así sea y sin mezclar este espacio con otras actividades como puede ser el juego.

A medida que el bebé va creciendo, los horarios y las rutinas le aportarán seguridad y le facilitarán una mayor autonomía ya que, de una forma natural, irá conociendo lo que debe hacer y cuándo lo debe hacer, sin la necesidad de nuestra aprobación.

El hecho de mantener unos horarios nos ayudará a satisfacer las necesidades del niño y también las de los adultos que lo cuidamos. Planificarnos, plantear unas expectativas realistas y compartir las responsabilidades nos permitirá disfrutar de un tiempo de mayor calidad.

Categoria
0-1 años, Desarrollo y aprendizaje, Relaciones familiares y comunicación