Los sentimientos durante el embarazo

Las aproximadamente cuarenta semanas de embarazo nos dan la posibilidad de irnos preparando para el nacimiento de nuestro hijo: durante este tiempo será habitual tratar instintivamente de comunicarnos con el bebé que crece poco a poco. Podemos hablarle, acariciarlo, cantarle… y, a través de estas interacciones, al tiempo que vamos estableciendo un intenso vínculo entre madre e hijo, le transmitiremos al bebé un mensaje que le tranquilizará, contribuyendo así a que la criatura desarrolle una afectividad sana.

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El vínculo que vamos a establecer será tan fuerte que nuestro hijo podrá recibir este afecto sin necesidad de palabras. Actualmente, diversos estudios indican que el niño o niña intrauterino está intelectualmente, emocionalmente y físicamente más desarrollado de lo que pensábamos: puede sentir, recordar, reaccionar y, a partir del sexto mes, tiene una vida emocional activa. El niño ve, escucha, prueba, experimenta y puede aprender antes de nacer.

Su estimulación en la etapa prenatal puede facilitar, por consiguiente, una mejor adaptación al nuevo medio en el momento de nacer. Asimismo, con una adecuada estimulación prenatal, el niño tiene más posibilidades de desarrollar su potencial.

¿Y si no sentimos lo que esperábamos?

Existen estudios que nos dicen que aproximadamente el 50% de las mujeres nos enamoramos de nuestro hijo durante la gestación, un 25% en el momento del nacimiento o durante la primera semana de vida, mientras que el 25% restante tardamos más, en algunos casos hasta que el pequeño tiene en torno a un mes. Esto es natural. Más adelante, con la presencia del bebé, en contacto con su piel, con su mirada, su sonrisa… se irán produciendo estímulos que contribuirán a que nos enamoremos de nuestro hijo, aprendiendo a quererle a medida que vayamos conociéndole.

Así pues, no todas las madres queremos a nuestro bebé desde el primer momento y no debemos sentirnos culpables por ello. Aunque nos cueste manifestarlo, por miedo a ser mal vistas o porque nos consideren malas madres o malas personas, es natural que en ocasiones tengamos estos pensamientos. No nos tenemos que obsesionar ni sentirnos culpables si el embarazo no transcurre como esperábamos, si no era el mejor momento para quedarnos embarazadas, si queríamos un niño y es una niña, si esperábamos experimentar determinados sentimientos y ahora no los sentimos… Asimismo, debemos tener en cuenta que los vínculos con cada uno de nuestros hijos serán únicos y todos diferentes entre si.

No es necesario estar siempre pendientes de cómo el futuro bebé se verá afectado por cómo nos sentimos. A veces hay momentos en los que no estaremos tan felices. Estas sensaciones y pensamientos que experimentaremos también formarán parte del proceso de creación del vínculo con nuestro hijo. Así, no debemos desanimarnos ante los contratiempos habituales del embarazo. Cuando nos invadan pensamientos negativos, nos puede resultar útil:

  • Intentar averiguar por qué nos sentimos así.
  • Hablar con nuestra pareja o con una persona de confianza.
  • Llorar, si sentimos que necesitamos hacerlo.
  • Pensar en todo lo bueno que nos va a aportar nuestro hijo.
  • Descansar el tiempo necesario.

Aunque las actitudes y los sentimientos maternales contribuirán a la futura personalidad de nuestro hijo, esto no significa que cualquier duda, ansiedad o preocupación ocasional tengan que repercutir en el bebé; únicamente los sentimientos más intensos y constantes podrán afectarle. Los sentimientos maternales son importantes pero, al mismo tiempo, no son más que uno entre varios factores como la herencia genética, el entorno, etc. que intervendrán en el desarrollo de nuestro hijo.

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