¡Mi hijo no come!

Diferentes factores pueden hacer que las criaturas a veces coman bien y estén contentas de hacerlo, y que en cambio en otras ocasiones no quieran comer o lo hagan con desgana. La falta de hambre o el rechazo frente a determinados alimentos acostumbran a ser situaciones transitorias que no afectan ni a la salud ni al desarrollo de la criatura. A pesar de ello, el hecho de conocer cuáles son los motivos que pueden provocar estas situaciones, así como algunas propuestas para saber cómo actuar si nos encontramos en estos casos, nos ayudará a estar más tranquilos, entender lo que sucede y poder reflexionar para decidir cómo actuar.

La falta de hambre

comer, hambre, desgana, alimentación, alimentos, rechazo, comidas, hábitos. El niño no come, mi hijo no come, mi hijo no quiere comer

Varias causas pueden provocar que la criatura no coma lo que esperamos, ya sea por la cantidad o bien con respecto a determinados alimentos. Por una parte, influyen las características individuales del niño: los hay que tienen mucha hambre y que comen más de lo que nosotros consideramos adecuado, mientras que otros tienen poca hambre y comen menos. Estas tendencias acostumbran a manifestarse desde los primeros meses de vida, pero pueden cambiar a medida que la criatura crece, de modo que la etapa de desarrollo del niño también influirá en sus ganas de comer. Aunque los bebés suelen comer mucho, en torno al año, acostumbran a tener menos hambre, coincidiendo con un momento en que su crecimiento deja de ser tan acelerado. Asimismo, a medida que se hacen mayores y que son cada vez más autónomos, los niños también van mostrando sus gustos o aversiones hacia la comida, pudiendo rechazar determinados alimentos que hasta ahora aceptaban.

La desgana de la criatura puede ser continua o temporal, y puede estar causada por diversos motivos:

  • Los acontecimientos de su entorno, como los cambios en la dinámica familiar, pueden provocar que el niño deje de comer porque se sienta triste, disgustado, necesite captar nuestra atención, etc. Asimismo, la ilusión o la excitación por las ganas de hacer algo, como celebrar su cumpleaños, también pueden ocasionar que el niño esté desganado si prioriza el acontecimiento en cuestión antes que la comida.
  • Condicionantes físicos, como la dentición, una enfermedad, etc.
  • Unos malos hábitos de alimentación, como por ejemplo un consumo excesivo de dulces y chuches, la ausencia de un horario establecido para las comidas, etc.

¿Cómo podemos prevenir la desgana o el rechazo a los alimentos?

Transmitir al niño unos buenos hábitos alimentarios nos ayudará a que acepte mejor los alimentos y los momentos de las comidas. Por consiguiente, podremos evitar algunas situaciones de desgana o de rechazo hacia los alimentos, especialmente cuando estas no dependan de condicionantes físicos o emocionales. Los siguientes consejos nos pueden ayudar a fomentar unos buenos hábitos alimentarios:

  • Acostumbremos a los niños a probar todo tipo de alimentos.
  • Incorporemos los nuevos alimentos de forma gradual y en pequeñas porciones.
  • Evitemos confrontaciones en los momentos de las comidas y tratemos de actuar con paciencia, generando un clima tranquilo y relajado, dejando al niño que se tome su tiempo para comer.
  • Dejémosles participar activamente en su alimentación. Según la madurez del niño, podemos invitarle a poner la mesa, a servirse él mismo la cantidad de alimentos que desee, a comer de forma autónoma, o a recoger sus cubiertos cuando haya terminado de comer.
  • Intentemos no sustituir los alimentos rechazados por otros que les gusten más.
  • Intentemos que no coman entre horas y que no consuman un exceso de dulces o de chuches.

¿Y si nuestro hijo no come y rechaza ciertos alimentos?

Si, ocasionalmente, nuestro hijo no quiere comer, podemos afrontar la situación adoptando las siguientes estrategias:

  • Intentemos conocer, si es necesario con la ayuda de un especialista, cuál es el motivo que está provocando la desgana del niño. A menudo, sin embargo, será difícil diferenciar si el niño siente rechazo hacia un alimento o si no come para expresar una emoción. Por este motivo es importante escucharle y ayudarle a expresar sus sentimientos y a identificar y a ponerle nombre a las emociones.
  • Tratemos de conseguir que el niño tenga hambre a la hora de comer, intentando que no lo haga entre horas: si le ofrecemos fruta, palitos de pan, galletas, zumos… cuando falte poco para el almuerzo, le llenará y le quitará las ganas de comer. También intentaremos evitar un consumo excesivo de chuches, dulces, brioches, etc. durante el día, ya que son alimentos que sacian mucho y que solo deberíamos consumir ocasionalmente.
  • Los niños aprenden de las personas de su entorno, de modo que es importante darles un buen ejemplo y mantener unos buenos hábitos alimentarios: si nosotros comemos de todo y variado, es más probable que el niño también lo haga.
  • Mantener unos horarios y unas rutinas para las comidas ayudará al niño a identificar que el momento de comer ha llegado. Las rutinas le aportarán seguridad y le ayudarán a anticipar las situaciones que llegarán posteriormente. Por ejemplo, acompañar al niño a lavarse las manos o pedirle que lo haga él mismo, o invitarle a preparar un plato sencillo en la cocina, son ejemplos de estrategias que contribuirán a que el niño se prepare para el momento de la comida y que esté más predispuesto a comer. También será importante limitar el tiempo para comer, aunque con flexibilidad: en estos momentos el niño se encuentra en una etapa de movimiento y de actividad, y mantenerle en la mesa para que coma más podría angustiarle. Así pues, es recomendable que a estas edades las comidas no duren más de 45 minutos.
  • Intentemos que los momentos de las comidas le resulten positivos a la criatura. Comer todos juntos y hacer de los ratos que pasamos comiendo un momento de diálogo nos ayudará a hacer más agradables estos instantes. La comida es algo que va más allá de cubrir una necesidad vital: las comidas cumplen una función social.
  • Evitemos que la criatura compagine la comida con otras actividades, como ver la televisión, escuchar la radio, jugar, etc. La alimentación debería ser un proceso consciente y voluntario. Por esto es importante procurar que el niño preste atención y dedicación a este momento.
  • Aunque a veces quizás deberemos insistir para que el niño coma, nunca debemos obligarle a comer. Debemos tener presente que los niños nunca tienen la misma hambre y que la cantidad de comida consumida tampoco es el principal indicador de una dieta saludable: serán más importantes la calidad y la variedad de los alimentos que su cantidad.
  • Evitemos que el niño adopte comportamientos caprichosos o monótonos, como preferir algunos alimentos y rechazar otros, lo que puede dar lugar a una alimentación deficitaria en algunos nutrientes. Si para comer le damos solo lo que le gusta podemos estar estableciendo unos hábitos poco saludables para el futuro. A pesar de ello, algunas veces sí que podemos dejarle escoger la comida, respetando que algún alimento le guste menos. Sin embargo, intentaremos evitar que su rechazo se generalice hacia un grupo de alimentos determinado: por ejemplo, si no le gusta la lechuga, podemos ofrecerle zanahoria o una tortilla de calabacín o de espinacas.
  • Si en alguna ocasión rechazan un alimento, es importante ofrecerles la posibilidad que lo vuelvan a probar: por ejemplo, podría ser que un día hayan probado la piña y la hayan encontrado ácida. Si se la volvemos a ofrecer más adelante, puede ser que la encuentren más dulce y que les guste. Los niños necesitan tiempo para aceptar los alimentos: que un alimento no les guste al principio no significa que nos les pueda gustar más adelante. Es importante, por consiguiente, dejar que los niños experimenten con los sabores, las texturas, etc.
  •  Si nosotros somos los que servimos la comida, pondremos porciones pequeñas dejándoles que repitan.
  • Presentar la comida de forma variada nos puede ayudar a adaptarnos a las necesidades y a los gustos de la criatura. Por ejemplo, quizás no le guste el calabacín solo, pero si le ofrecemos una tortilla de calabacín, se lo comerá bien.
  • Los alimentos no deben tener ninguna carga emocional: es importante no premiar ciertas conductas ni intentar calmar los disgustos con determinados alimentos, evitando utilizar la comida como consuelo, recompensa o castigo. Premiar o consolar a los niños con la comida puede ocasionar que aprendan a utilizarlo cuando se sientan tristes, enfadados, etc. Intentemos no mezclar las emociones con la comida, ya que esto puede generar confusión en los niños y no propicia un aprendizaje apropiado.
  • No utilicemos premios para que coma. El niño tiene que aprender a identificar el hambre y la importancia de mantener una dieta variada y equilibrada. Si le premiamos por comer más o por comer un tipo de alimento en concreto, no le estaremos ayudando: le transmitiremos al niño que lo que él está haciendo a nosotros nos gusta, pero él no lo identificará como una necesidad propia.

Si nuestro hijo no come lo que consideramos que es suficiente, no tenemos que sufrir: cada niño tiene unas necesidades diferentes. A pesar de ello, sí que deberemos asegurarnos, con la supervisión del pediatra, que su crecimiento y su desarrollo son los adecuados.

Categoria
1-3 años, Alimentación y nutrición, Últimos Artículos