¿Mi hijo tiene sobrepeso? ¿Qué puedo hacer?

En la mayoría de los casos, el sobrepeso y/o la obesidad infantil es consecuencia de una alimentación desequilibrada y de un estilo de vida sedentario. A pesar de todo, también puede ser el resultado de factores fisiológicos y genéticos o bien consecuencia de algún tipo de enfermedad. Por este motivo, si sospechamos que nuestro hijo tiene sobrepeso, es importante que el pediatra nos haga un diagnóstico para conocer cuáles son las causas.

Si el sobrepeso del niño es consecuencia de factores hereditarios, enfermedades u otros casos es probable que el pediatra lo derive al especialista correspondiente, que puede ser el endocrino, el dietista o el nutricionista, el psicólogo, etc.

Pero si el sobrepeso es consecuencia de una alimentación poco apropiada y de un estilo de vida sedentario, el pediatra nos propondrá unas pautas de actuación para cambiar estos hábitos.

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Las sugerencias que os ofrecemos a continuación también os ayudarán a promover la adquisición de unos hábitos y de actividades físicas saludables para nuestro hijo:

Seguir una alimentación saludable: Procurar comer de todo, consumir alimentos de los diferentes grupos de la pirámide de alimentación, para cubrir las necesidades nutricionales y asegurarnos que el niño tiene una alimentación variada y equilibrada.

Es importante promover una vida activa: Animar a los a ser activos en sus actividades del día a día y que aprendan a divertirse haciendo ejercicio. Por ejemplo: priorizar caminar y subir escaleras para hacer los desplazamientos diarios, pedirle que participe en las tareas de la casa o programar actividades al aire libre para el fin de semana.

Dormir las horas necesarias: Conviene que los niños duerman ocho horas cada noche y vayan a dormir pronto. De todas formas, hay niños más dormilones y niños más inquietos, y debemos respetar sus necesidades de sueño, intentando encontrar un equilibrio. Por ejemplo, si a la criatura le cuesta dormir, debemos favorecer que por la noche o por la mañana, si se despierta muy pronto, esté en reposo. Si necesita más horas de sueño, le podemos dejar un rato más durmiendo pero evitando que lo haga de manera excesiva. Podemos planificar actividades con él en familia, con otros niños, etc. que le motiven a levantarse. De todas maneras, son los horarios y las rutinas los que ayudan a nuestro hijo a regular el sueño y la vigilia.

Mantener unos buenos hábitos alimentarios: Los hábitos se pueden adquirir con el paso del tiempo, con constancia, por imitación y por repetición. Algunos de los buenos hábitos que conviene transmitir son: en la medida en que sea posible, intentemos que puedan comer con la familia; en los momentos de las comidas, procuremos sentarnos en la mesa sin distracciones ni interferencias; intentemos dedicar el tiempo necesario para comer, de manera que los niños lo puedan hacer sin prisas o que pasen demasiado rato sentados en la mesa y, respetemos la sensación de apetito de los niños, evitando forzarles a comer aunque consideremos que no han comido suficiente.

Prestar atención a los alimentos que compramos: Conviene comprar alimentos frescos, priorizando la verdura, la fruta y los lácteos, así como alimentos naturales y sin condimentos. Una compra adecuada contribuirá a tener alimentos saludables en casa. Si hacemos participar a nuestros hijos en esta labor, yendo a comprar con ellos, les podremos enseñar a escoger los alimentos más adecuados y a aprender de nuestras buenas prácticas.

Escoger técnicas culinarias apropiadas: Las cocciones al vapor, a la plancha y al horno nos permiten elaborar platos más ligeros. En cambio, conviene evitar consumir platos precocinados –una buena planificación y organización del menú semanal o diario nos ayudará a no tener que utilizar este tipo de alimentos– ni añadir salsas preparadas o aliños grasientos.

Si implicamos al niño en la preparación de las comidas, le ayudaremos a conocer todo lo que come.

No utilizar la comida como premio ni como castigo: La comida es una necesidad básica, de manera que es importante no relacionarlo con las emociones o los sentimientos –comer por aburrimiento, por tensión, etc.–, ni utilizar la alimentación para gratificar o cubrir las necesidades afectivas o peticiones del niño. Por ejemplo, si un niño está triste, debemos ayudarle a expresar sus emociones, a encontrar formas de exteriorizarlas, pero no tenemos que animarle ofreciéndole caprichos como las golosinas.

Ofrecer apoyo y convertirnos en modelos positivos: La participación de la familia es muy importante para conseguir que la criatura logre o cambie sus hábitos de alimentación. Para hacerlo, es importante ser coherentes con lo que recomendamos, de manera que nuestra dieta también sea saludable y que pongamos en práctica los hábitos que queremos transmitir. Introducir cambios progresivos y graduales en la alimentación de la familia, marcarnos unos objetivos realistas, intentar lograrlos y planificar las comidas para asegurarnos que ofrecemos una dieta variada en ingredientes y en la forma de preparación son algunas de las cosas que nos pueden ayudar a acompañar a nuestro hijo hacia un estilo de vida saludable.

En este camino, también es importante contar con el apoyo del pediatra o de otros especialistas, como un nutricionista o un endocrino, mediante un control periódico.

Conviene ser constantes: Modificar los hábitos de alimentación y el estilo de vida requiere tiempo. Es importante no exigir ni a los niños ni a nosotros mismos cambios precipitados.

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3-5 años, Alimentación y Nutrición, cuidados y seguridad, Salud