Las rabietas: preguntas clave

¿Cuándo suelen empezar las rabietas?

Las rabietas son habituales en niños entre 1 y 3 años ya que, en esta franja de edad, van aprendiendo a identificar y expresar verbalmente lo que sienten, las emociones, sus necesidades, etc.

Es por este motivo, porque están aprendiendo, que ante determinadas situaciones (como por ejemplo cuando no consiguen lo que quieren) chillan, lloran, golpean el suelo, tiran objetos… Son reacciones explosivas que los niños pueden utilizar para comunicar sus vivencias: es lo que conocemos como pataletas o rabietas.

Las rabietas también se deben a una búsqueda de libertad y de autonomía, por eso inician la rabieta cuando no pueden hacer o tener todo lo que desean.

¿Se pueden evitar las rabietas?

Es importante transmitir a nuestros hijos desde pequeños las normas familiares y hacerlo de un modo respetuoso y justificado. Es necesario que conozcan nuestras expectativas tanto en las rutinas del día a día (“Si quieres algo, acércate, en casa intentamos no chillar”), como ante posibles situaciones de conflicto. Si nos hace una pataleta porque no quiere dejar de jugar le podemos decir: “Ahora debemos recoger para no perder ninguna pieza del juego e ir a cenar, mañana podrás continuar jugando. Si golpeas las piezas, las romperás y no podrás jugar otro día”.

Sin embargo, cualquier aprendizaje supone un proceso. Hasta que el niño no aprenda a identificar estas normas y pueda utilizar sus habilidades para gestionar sus emociones y sentimientos, las pataletas podrán aparecer en cualquier momento. De hecho, de alguna manera son un rasgo característico de su proceso madurativo.

¿Qué debemos tener en cuenta en el momento de afrontar una rabieta?

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Así pues, ante una rabieta nos puede ayudar, en primer lugar, intentar comprender lo que está sucediendo.
La paciencia y la empatía: Diferentes motivos pueden provocar una pataleta. Por ejemplo, si está cansado o enfadado porque le hemos negado algo (no le dejamos salir a la calle con manga corta porque hace frío, no le hemos comprado lo que nos pide, etc.) o para llamar nuestra atención si , por ejemplo, cree que no le estamos dando suficiente importancia a lo que le preocupa.

El autocontrol: Si reaccionamos con gritos y cólera, el niño puede reproducir esta conducta, respondiendo también alterado y con enfado, ya que los adultos nos convertimos en un ejemplo a seguir por los pequeños. A pesar de que debemos mostrarnos firmes en nuestras decisiones sin cambiar las normas para no confundirles y trasmitirles unos límites, conviene que lo intentemos hacer con tranquilidad. Si estamos nerviosos, también les podemos decir “Debemos hacer muchas cosas, no tenemos suficiente tiempo y me estoy enfadando, por eso no nos podemos quedar más rato en el parque”.

Un momento de descanso: Delante de una rabieta, es bueno dejar que el niño se calme y que llore un rato, y continuar con la actividad que se esté realizando sin prestar atención a la pataleta. Eso sí, sin perderlo de vista.

Si percibimos que el entorno puede convertirse en un peligro para el niño, lo debemos acompañar a un espacio silencioso y seguro, evitando que se haga daño o que rompa algo. Del mismo modo, nos puede ayudar distraerlo y cambiarlo de entorno, ya que le permite poner en práctica estrategias para controlar sus emociones.

Para ayudarlo a recuperar la calma, le podemos abrazar, intentar hacerle respirar y decirle que entendemos que pasa por un mal momento pero evitar demasiadas reflexiones. En el momento de la rabieta no es necesario preguntarle por qué actúa de esta manera, porque no lo sabrá.

Cuando haya encontrado la calma, intentemos escucharle y ayudarle a expresar sus sentimientos. Cuando haya superado su rabieta, podemos preguntarle qué le ha provocado el enfado y ayudarle a verbalizarlo con palabras: “Entiendo que estés triste, pero ¿qué es lo que te lo ha provocado? ¿Estabas nervioso?”, transmitiéndole la importancia que la vivencia de estas emociones son una excusa de su mal comportamiento: “Aunque estemos enfadados no debemos hablar mal, ni chillar…”. Además de reconocer y ayudarle a verbalizar lo que ha sentido, le podemos recordar que le queremos: El niño puede necesitar confortación porque es consciente que ha estado fuera de control. Esto también le ayudará a recuperar la serenidad sin resentimientos.

Categoria
1-3 años, Desarrollo y aprendizaje, Relaciones familiares y comunicación, Resolución de conflictos